Edición Nro: 2708

Cultura

Murió el artista fierrero

Carlos Regazzoni "lo hizo"

Carlos Regazzoni "lo hizo" Nadie es profeta en su tierra, dice un proverbio popular. Carlos Regazzoni siempre estuvo rodeado por el reconocimiento en París, y supo recrearlo en Buenos Aires. Hizo de su lugar, un lugar caído del mundo en Retiro, un espacio en medio de las tierras fiscales de los Ferrocarriles Argentinos. Un camino hacia lo inesperado.

Carlos Regazzoni, artista, loco, excéntrico.
Nadie es profeta en su tierra, dice un proverbio popular. Carlos Regazzoni siempre estuvo rodeado por el reconocimiento en París, y supo recrearlo en Buenos Aires. Hizo de su lugar, un lugar caído del mundo en Retiro, un espacio en medio de las tierras fiscales de los Ferrocarriles Argentinos. Un camino hacia lo inesperado. Un espacio bizarro al que nadie entraría temeroso por el entorno, inhibido por la falta de higiene, pero Carlos lo hizo posible.
En esos galpones donde el cirujeo tradicional sería el marco ideal para un capítulo de los acumuladores, allí el arte, la gastronomía y el lugar elegido para eventos, encuentros y paseos se hizo realidad.
Pero Regazzoni hace de nada, todo y hace magia. La llegada suele poner en alerta al visitante, incertidumbre que nos atraviesa como una duda shakespereana existencia, ¿es acá?, ¿entro o no entro? Como siempre los seres humanos cobramos coraje para cosas que van a ser insignificantes en nuestras vidas y decidimos seguir adelante para no alterar nuestra agenda y no defraudar a nadie. Y así transitamos, como dice Alejandro Dolina, por el “caminito de carbonilla”, al costado de la vía.
Si uno no está advertido, en general, el atuendo no suele ser el apropiado. Pero el entorno ayuda para sentenciar “a quién le importa”. Chapas, artículos en desuso que cobran categoría de antigüedades, reciclaje “verdad”, todo como está. Itinerario de descubrimiento, cada rincón te da un nuevo tema de conversación y o salís huyendo o te quedás fascinado, rompiendo tus propios códigos de estética, estándares de calidad para tener el convencimiento de que esta será una experiencia inolvidable.
Lo cierto es que uno siente que Carlos Regazzoni “se te caga de risa en tu propia cara” y “se las cobra con creces”. A esto, “chapeau” que un argentino se presente como más vivo que vos ya es mucho decir.
Pero la obra chatarra ahí está, en sus galpones, en rincones de la city porteña, en Argentina y el extranjero.
Convirtió su “atelier” estratégicamente ubicado en los galpones ferroviarios de Retiro, a la altura de Suipacha y Av. del Libertador, en restaurant los fines de semana. Platos con animales de caza como el jabalí, clásicos de la cocina italiana con ribetes galponeros, pizza y pastas, picada y vermuth y la posibilidad de contratar un servicio privado.

Y su arte… de antología
Esculturas de Fangio, Perón, Principito y Don Quijote. Un dinosaurio de 40 toneladas, una mega oveja merino y hormigas dignas de un apocalipsis nuclear, encargadas por una petrolera, por la sociedad rural o una empresa de carteles en vía pública. También compraron sus obras algunas celebrities y personas importantes de todo el mundo como el obispo de Lourdes, Madonna, jeques árabes, Diego Maradona y la plana mayor de los coleccionistas argentinos, Fortabat, Otero-Monsegur, Cambiaso.
En una nota periodística publicada en Apertura, CR confiesa, “Siempre hay polémica sobre tu presencia en los galpones de Retiro. ¿Te metiste o te los dieron?”
“Fue con Alfonsín que me metí, en el 84. Estaba exponiendo en el Centro Cultural Recoleta: un día me quedé a dormir en el primer piso y no me bajé más. Yo, donde voy, copo todo: enseguida pongo una cocina y un catre. Entonces, el director me trató tan mal que agarré un semiremolque, metí todos los cuadros y me escapé. Dije: “Voy a tirar todo al Riachuelo y el arte se va a la m****a”. De repente, venía por (Avenida del) Libertador y veo galpones, galpones, galpones. La vía rápida no existía. Y dije: “Pará un cachito”. Porque todo eso lo estaban vaciando, habían despedido a muchos empleados y había una convulsión interna muy grande con los ferrocarriles. Me metí y pregunté por el jefe de la estación de carga. Me hizo pasar a la oficina y le pedí prestado un galpón por 10 días. El tipo me mostró una llave y me contó que me había visto en una nota que me habían hecho en el diario Crónica. “Vos sos de los nuestros”, me dijo. Y no me fui más. Trabajaba de noche. Y aprovechaba que, cuando los tipos dormían, yo estaba vivo. Prendía la luz y me armaba otro galpón. Igual, ni lo veían. Alguno, capaz, te decía: “Che, hace unos años no tenías tanto espacio...”. Ahora vivo en un vagón, Claudia (NdE: Su mujer y madre de su hijo más pequeño) tiene su propio camarote. Y después te muestro el que es social, donde tenemos cocina, living y microcine.”
Su trabajo de 14 años en Francia se tradujo en la compra de un castillo y en Mercedes. Pero la tierra tira y regresó a Argentina. Tiene 7 hijos y una vida que en sus propias palabras fue la que eligió, “hice lo que quise”.


 

Autor: Lic. Mirtha Cáffaro | 2020-05-03 04:18:00 | Compartir:

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