Edición Nro: 2421

Puede ser...

Del más acá y el más allá

Del más acá y el más allá Lo personal y lo colectivo juegan una partida de Mus. Tal vez, para Tomás Alva Neri, no era otra cosa que "Otra partida de Dados". Einstein y Borges no se pondrían de acuerdo, en el hipotético caso de que lográsemos sentarlos juntos. Lo cierto es que el recuerdo terapéutico mejora al ser, en tanto permeable, frente a la tensión de su dilema existencial.

Más acá (allá)
Frotó la lámpara y salió su genio deseado, en todo caso era femenino. Alta, delgada, dos senos espectaculares, pelo castaño, largo. Madura, seductora, le confesó que gustaba de él. Entonces restregó sus ojos porque no podía creer lo que estaba viendo. Aquel viejo e inalcanzable amor, hoy una mujer madura, rubia, hermosa, profesional, se acercaba hacia su lado para decirle que él se había demorado cuarenta años en invitarla a salir. El hombre miraba hacia la lámpara: la “genio morocha” y la rubia profesional estaban ahí. Se discurría en el dilema del narciso; acaso como la parábola de las manzanas, con dos era feliz y con tres no. Entonces untó una tostada de pan integral con mermelada de ciruela. Presionó el botón de su Nesspreso y espero a que fluyera el café de la mañana, amargo, sincero, si es que había algo de sinceridad en su vida.
Sabía que el hilo del carretel se le acortaba día a día. Su estado de consciencia le permitía suponer que ya no era aquel jovencito de los setenta, pero conservaba un toque de inteligencia para suplir los avatares del físico. Ahora sus pasos fluyendo hacia la nada lo dejaban con una sensación amarga, como la del café. Entendía eso de las paradojas temporales y le aterraba la idea de cruzarse con sí mismo con 15 ó 20 años menos.
La necedad, entendida como el aferramiento a las propias ideas, flotaba en el límite con la locura y la ignorancia, sin embargo, también era el impulso necesario para enfrentarse a la realidad y dar cuenta de otro orden posible. Como aquel José Arcadiano Buendía, que encerrado en el cuarto que construyó en la parte trasera de la casa, y abandonando toda responsabilidad doméstica, se hundió por completo en las fascinaciones del universo. De nada valieron entonces los reproches de su esposa Úrsula: él había descubierto algo revolucionario para la humanidad, pero de otro tiempo.
Volvió la vista sobre su genia que lo aguardaba en la cama, con un bello conjunto de ropa interior rojo, medias y porta ligas, y una sonrisa cómplice.
Más allá estaba el deber y por acá el placer con la duda. Nunca supo si algo de esto lo perseguía en aquellas noches de descontrol en los bares de Lavapiés, diez años atrás, en una eterna Madrid que se negaba a dejarse ver por completo. La rubia doctora le hablaba susurrante, en la noche, y la genia lo embestía en arranques sexuales descomunales. Él, entre tanto, se dejaba ser mientras rumeaba la culpa judeo cristiana heredada de su educación tradicional. Según los cánones de la iglesia, los genios no brotan de lámparas frotadas y Cristo resucitó al tercer día. Es curioso saber cómo obligaban a creer que lo primero era falso y lo segundo verdadero. ¿Y si fuese al revés? ¿Y si fuesen los dos verdaderos? ¿Los dos falsos? ¿Quién era aquella bella genia y que hacía en su cama?
Sonó la alarma de su teléfono, que desde la otra habitación lo asediaba para rendirse ante la evidencia de la mañana. Era hora de desayunar. La lámpara turca no era otra cosa que un narguile que su madre le había traído desde Estambul, un par de años atrás. La genia no estaba a su lado, en la cama, como había supuesto toda la noche. La voz de la doctora, que lo llamaba a “relajarse” y dejarse llevar entraba en contradicción con la de la otra, aquella tercera de la historia que no pudo ser, sobre el cuento de un amor mezquino, cargado de reproches y traiciones, del que estaba tratando de poner distancia.
Un poco más acá, en el plano de lo posible, la figura esbelta de esa “genia” de pelo oscuro caminaba con algo de torpeza y lentitud hacia la cocina de su casa, midiendo cada escalón como un salto épico. El amor podía ser el último silencio de aquel que entiende todo y no quiere seguir por ese camino. O sí.
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Más allá (acá)
Suena a la vuelta de la vida una canción y es la misma (nunca lo es). La paz, como estado absoluto pasó de mí. Creo que el tiempo es un cable de energía con baja tensión. La casa me espera, allá voy. Las frases salen solas y se encarcelan. El hombre sabía que le quedaba poco tiempo, tal vez nada, desde que Caín mató a Abel. Homicidio agravado por el vínculo, si los hay, nos dejó con la mitad de la humanidad sospechando de la otra ¿Qué tiempo lleva pasar al olvido?
Auto referencial y aburrido; deberás sanar tus heridas para transformarte en el otro; barro tal vez, o un fornicador generoso que propicie suficientes orgasmos a su pareja. Entonces sí, ese día no será fácil de igualar, la masturbación del mediocre, aquel lejano hilo del poder, será tal vez su suerte mudar en artilugios.
Así las cosas, el alma sana por nosotros, embebidos en envases defectuosos, que envejecen y envilecen a la humanidad. Habrá muchos días no distintos, no iguales, en los que querrás ser lo que fuiste, pero eso también es imposible. No besarás dos veces a la misma mujer; volverás de tu ruina, para sentirte sano y lejos de quien te perturba.
Una lección para aprender. La canción de la hija del fletero no termina de difundir su mensaje, y “el Indio” agoniza detrás de un micrófono obsoleto, mientras le preparan un cajón especial, con doble fondo, que permita guardar sus millones de dólares: el lujo es vulgaridad.
El recuerdo de una cama no invalida otros recuerdos. El hoy, trampa del tiempo que nunca es, fue una amenaza. Mañana será una realidad. Upstairs in bed with my ex boy; He´s (She´s) in a place but I can´t get joy (me envuelve la idea del tiempo que perdimos, que quedó atrás).
Resucita al tercer día de una penosa relación, se quita la resaca, limpia con saliva y un repasador la marca de la resaca en su cara. Me limpia pensando que no siento nada. Mi cuerpo (auto referencial) está dormido, pero el de ella-él no lo sé. No sé sentirlo y no puedo centrarme en su núcleo, porque claro, estoy en el mío.
Y la noche pasa, hay estrellas, la música deja de girar. Por la mañana dos piernas me asaltaron el corazón (otra vez auto referencial) por la tarde te perdí, porque ya no te interesa conectar con mi Whatsapp y con tu sonrisa simple conquistas el lente de una cámara lujuriosa. Los “megusta” del universo se alinean para seguirte. Sufro y me evado.
Es tarde, la madrugada del no ser termina con un mes que nunca termina, en un año inolvidable, ecléctico y macarro. Ahora somos menos que antes, pero juntos irradiamos más amor. El camino del viñedo me devuelve a la ciudad, como cuando no bebía e ignoraba de qué se trataba.
Lo cierto es que hoy pisaste el pedal del equipo de tu consultorio y un ruido seco me indicó que debía cambiar de rumbo, o el rumbo me cambiaría a mí. Leí en un cuadro “más si algo te lastima, te alcance con tu lengua para lamer tu herida”. Pero es la madrugada y tú no estás, tú te fuiste, tú me reprochas, tú no estabas para decirme que no existe el olvido. Me llamaste desde el fondo de tu corazón (tal vez) y el que no estaba disponible era yo ¿Qué hacemos con tanto amor huérfano? Sepultarlo…
Se cuelga el equipo, la tecnología es así. Este sin sentido debe concluir en el momento en que decida cerrar mis ojos. Por cierto, los tengo cerrados, solo deseo verme a mí mismo y olvidar esa horrible situación de las interpelaciones intrínsecas a mí. Nunca lo pedí no lo deseé. Simplemente quise calentar el (mi) alma de un ser que no tenía calor, y que ignoraba que el frío era tan frío.

 

Autor: Lic. José Luis Dranuta | 2019-02-09 11:31:00 | Compartir: