Edición Nro: 2507

Columna de José Luis Dranuta

Álvarez

Un cuento posible

Álvarez
Álvarez le pide al dueño del bar, que está detrás de la barra de estaño, que le baje una botella del tercer escaparate. No tiene ni siquiera etiqueta. El hombre accede, la descorcha y sirve en dos pequeños vasos de tipo de los Durax, pero transparentes, algo así como dos tercios de un líquido amarillento que huele muy alcohólico


-Beba- me ordena
Bebo, sin más, un pequeño sorbo, y el mundo toma color, tal vez calor. He trabajado doce horas en una fábrica embotelladora de sifones de soda de vidrio, de la marca líder del país. Creo que corre el año 1985…
En el fondo de la estantería hay una foto, en blanco y negro, de una niña antigua con una bebé en brazos. – ¿De qué año es esa foto? – pregunto por decir algo
-1966 – responde “Garrote”, el tendero
Bebo otro trago. Álvarez parece que está en otra cosa. Luego gira la cabeza y me dice con su vista un tanto extraviada – apellido difícil el suyo ¿De qué origen es? –
-Ucraniano- respondo
- La niña bebé de la foto es de familia italiana – replica el tendero, Álvarez casi lo ignora: -quién le puede predecir el futuro a usted. Tiene una edad parecida a la suya y el padre es dueño de una tapicería. Tal vez en alguna vuelta de la vida llegue a ser su esposa- arriesga el vaticinio.
- ¿Por qué no? - Completa Álvarez. - Usted debe alejarse de esta fábrica, abrirse paso en la vida y definirse por ser alguien. - Usted tiene mucha labia.
- ¿Le parece? - pregunto
-Mire, sólo tiene una forma de averiguarlo. Siga su vida lejos de los sifones que giran como locos en esa cinta de acero y comience a ver el mundo que gira sobre otro eje. El eje del tiempo cósmico- A esa altura de la charla Álvarez hace otra pausa y pide que nos sirvan de nuevo de la misma botella. Mis piernas flaquean.
El dueño del bar me pregunta qué edad tengo, diecinueve, le respondo. Álvarez me mira con una cara de pena (por él o por mí, nunca lo sabré).
- ¿Por qué le gusta mandar a treinta tipos que son mayores que usted en esa planta, durante doce horas, todos los días de Dios? - me pregunta
-Por plata, supongo- le respondo. Ahí comienza mi duda. Tengo diecinueve años y no conozco el amor, aunque sí he aprendido lo que es el deber, el mandato social y la mentira. No me gusta sancionar a nadie, pero esta misma tarde tuve que pedir la suspensión de un subalterno por una falta grave de seguridad industrial.
-En realidad no me gusta mandar- le digo, y agrego – pero alguien tiene que hacerlo- completo
- ¿Alguien tiene que suspender a un compañero y dejarlo sin sueldo por tres días? - me inquiere Álvarez, el dueño del bar mira.
-Claro, es por la seguridad e integridad de todos- contesto. Ninguno de los dos me cree.
-Mire pibe- dice Garrote, el señor del bar – te jode tanto lo que hiciste que ni con cinco de estas (señala mi vaso y la botella) se te va a pasar- deja ese laburo de mierda para otro y vete a buscar a la piba de la foto, quien te dice, en un par de años es doctora, vos ingeniero, Alfonsín sigue siendo presidente, los milicos se dejan de joder, y somos todos felices- redondea la idea. Álvarez tercia en la conversación.
-Cuando pueda salvar a un compañero, siempre trate de hacerlo, pero cuando vea que uno está hecho mierda remátelo, ese no tiene cura. Decida usted el momento-
Entonces miro la hora y pienso que es muy tarde. Pienso que me faltan casi 34 años para encontrarme con la bebé rubia de la foto hecha una doctora, que tal vez yo no sea ingeniero sino licenciado, que Álvarez y el viejo “Garrote” serán petróleo y que la vida te da sorpresas, aunque no tantas.


 

Autor:Lic. José Luis Dranuta | 2019-05-28 | Columnas Anteriores | Compartir: