Edición Nro: 2449

Columna de José Luis Dranuta

La luna y el mago duro

Lo que puede ser

La luna y el mago duro
Endurecido, pero no muerto. Así, a veces y por las tardes, el mago tornaba a su hogar caminando, porque detestaba los móviles (mucho más los automóviles) y gozaba del bullicio de la muchedumbre del arrabal, agobiada por el cansancio, escuchando melodías alegres entre frutas que comenzaban a descomponerse y pescados rancios de la feria en desarme. Endurecido en su corazón, porque la varita mágica no había logrado hacer milagros justo con él, que alguna vez amó y no fue correspondido, o sí, pero lo ignoraba.


¿Qué caso tiene ser mago si la vida de uno mismo se mueve bajo una lógica incomprensible, aún para esas acciones que ni siquiera se pueden contar?
La vida, para aquel hombre anormal, de moral contrariada y oficio milenario, discurría entre su trabajo monótono, en el control fronterizo, el paso firme de la mañana, bordeando el río, y el de la eterna tarde, del caluroso ocaso, donde todo, pensaba, podía suceder.
Y el mago camina y se dice a sí mismo “vamos, señora de plata, toma mi palabra. No me quedaré sin ti otra vez, créeme, porque he visto la luz, y es solo una pelea más, sin ti…”, y suena de fondo Silver Lady, de David Soul, tan setentoso que despierta nostalgia, en aquella ciudad fronteriza del nunca jamás. Tal vez, la traducción no fuera la mejor, pero él era mago, no traductor. Unos gritos casi guturales de dos muchachos lo sacan del ensueño, mientras cargan los pescados sobrantes en el camión.
Y el tiempo es como un pequeño Uber que atraviesa la calle de la crisis. Y los setenta se hacen dos mil diecinueve, en un abrir y cerrar de ojos, mientras el mago le escribe a uno de sus grupos de Whatsapp que mañana deberán ir un rato antes al puesto aduanero.” Entran tres micros”, les dice, como si eso explicase los por qué de su atrasada canción, aquella noche en que la luna iba a ser más brillante que ninguna otra, en los próximos siete años.
Hogar, unas plantas no del todo bien cuidadas. Pasos en falso, la camisa por el suelo. Heladera, botella de limonada y jarra con agua. Nada por aquí, nada por allá, aparece una porción de pescado en el freezer, que pronto será su cena. El mago mira fijamente el baúl en el que desaparece gente, pero eso era cuando hacía su show, en las noches de frontera, con turistas de distintos idiomas que aplaudían, bebían cerveza y no contaban los días hasta la eternidad, como sí lo hace ahora, en una realidad un tanto más prosaica.
Endurecido, el mago enciende la computadora, come pescado recalentado con la mano, bebe cerveza y mira la foto de ella; más linda y más distante que nunca, el día después en que se acabó el amor. Camina hasta el galpón y allí la ve, no es ella pero puede serlo: un vieja motoneta Siam Lambretta, que funciona y que esta noche ha decidido utilizar. Arranca, porque siempre arranca, aquel mágico enjambre de cables y chapones. Arroja un humo de mezcla de 2T y nafta común, se ahoga, pero anda. Y el mago sale a dar una vuelta a la vera del río.
Mientras ella lo transporta, la otra ella lo mira, desde su imaginación, en la foto de portada del Facebook que dejó abierto en su casa, ya sin miedo a que lo revisen, porque no tiene nada que esconder. Como por arte de magia no quiere que nadie lo controle, no quiere controlar a nadie. El amor pasó de largo, esta noche y muchas de las que vendrán en el futuro. Sólo queda armarse con lo que hay y recorrer el borde del río, en la calurosa noche que no se deja mimar.
Sale a la vida, es mago y puede hacerlo. No le importa que su show haya pasado de moda. Un ladrido de perros hacia la luna llena lo trae a la realidad. El pescado frito no era de lo mejor y la limonada estaba caliente. La motoneta, ruidosa y lenta, lo lleva casi de memoria a su casa, en la que lo espera el baúl con doble fondo, el ataúd con un serrucho trucho y la galera, raída por el tiempo, que llora y llora recordando los actos del pasado. Y alguien le sopla una frase: “El pasado es un lugar de referencia, no un lugar de residencia”. Pero él, se lo recuerda a sí mismo una vez más, es mago, aunque los trucos estén un tanto gastados.

Autor:Lic. José Luis Dranuta | 2019-02-20 | Columnas Anteriores | Compartir: