Edición Nro: 2390

Columna de José Luis Dranuta

El chico de la pizza

Ponele Rubén

El chico de la pizza
Lucía llama a Globo y pide una Pizza. El mecanismo llega hasta Rubén, que toma su bici con una canasta térmica y sale a los tumbos por Álvarez Thomas, rumbo al departamento del barrio porteño de Urquiza, de donde partió el pedido. El chico pedalea mientras escucha una radio desde una app de su celular. Hay música, una publicidad tiene la voz en off de una tal Cristina que promete volver para que todo sea diferente. Rubén es venezolano y no sabe nada de cuando acá todo era diferente.

El chico no deja de pedalear y dobla hacia la derecha por la calle Olazábal. Apenas cien metros después se mete en la vereda, quince metros en contramano y toca el timbre del segundo piso, atiende Lucía:

-La pizza- dice Rubén, con acento venezolano

-Ahí bajo- le dice Lucía

-Con mucho gusto- cierra Rubén el diálogo.

Entonces rubén entrega el paquete, ya está pago, pero Lucía le entrega la propina en efectivo, que decidió no cargar en la app del sistema porque se rumorea que la empresa se la queda y le da a los repartidores apenas un porcentaje de la misma. Ruben guarda los "30 p" en un bolsillo y le dice algo así como "Dios la bendiga". Y de hecho Dios ha bendecido a Rubén, que salió de un pequeño pueblo cerca de Caracas, entre miseria y guerrilla, para abordar algún transporte que, a la sazón, lo dejó en Buenos Aires. Dios también bendijo a Lucía, que es marplatense pero vive en Buenos Aires merced a un contrato con una multinacional que la seducido con sus 25 años. Casualidades de la vida, ambos portan la misma edad y han nacido el mismo día del mismo año.

La pizza no es gran cosa, pero Lucía y sus amigas acaban con ella en unos 30 minutos. Luego, mientras escuchan una extraña y desagradable música (creo que le dicen trap), charlan de lo que son las métricas exigidas por la empresa para este trimestre. Entonces el apagón, aquel corte de luz que nunca se va a saber bien por qué ni por cuanto, los equipara a todos. Y Rubén no sabe cómo seguir, con su bicicleta a ciegas, y su celular con poca batería. Lucía y los suyos se quedan casi petrificados: ahora deberán hablar entre ellos y no podrán mirar ni siquiera la pantalla del celular: el corte de energía es realmente grave. Por alguna maravilla de la tecnología, de uno de los celulares sigue emanando música, que no se replica por el parlante bluetooth sino por el del mismo aparato: todos quedan en silencio mientras una suerte de estribillo dice

Sigue tu camino que sin ti me va mejor
Ahora tengo a otras que me lo hacen mejor
Si antes yo era un hijo de puta, ahora soy peor
Ahora soy peor, ahora soy peor, por ti...

y Bad Bunny afirma literalmente "soy peor", y las chicas del segundo piso dudan si hay algo peor en el mundo que esta desconexión tecnológica de mismo. Y Rubén pedalea hacia la nada mientras oye otra parte de lo que, podría decirse, es la misma pieza artística.

Hoy yo no quiero fumar regular
Traiganme un kush que me haga sentir espectacular
Para celebrar que ya no estas tú para especular
Y joderme por todos los culos que tengo en el celular...

La oscuridad los nivela a todos. Ya nadie sabe si el porvenir será una caja de zapatos o una caja de madera, después de aquella sala de espera que refería Calamaro. Diez años después, tal vez Rubén y Lucía se hayan visto un par de veces más, pizza mediante. Porque la energía, en algún momento, debería volver a fluir por los conductores.

 

 

 

Autor:Lic. José Luis Dranuta | 2019-06-26 | Columnas Anteriores | Compartir: